El sentido común (primera entrega)

por: ernesto feurhake

1.

No me acuerdo del lugar, pero en alguno, Kant aconseja desconfiar siempre de quienes apelen al sentido común para probar lo que quieren decir. En una de sus múltiples caras, el sentido común consiste en la antigua y débil creencia (aunque con máscara de atleta) de que golpetear una cosa -manteniendo en la cara una expresión de triunfo automático- demuestra su realidad. Incluso parece haber más verdad en el tacto que en la visión. Con el sol sí, con el sol quizá nos engañamos, pero no con la pared con que choco si no voy atento. Aún más: el argumento del doctor Johnson contra Berkeley (i.e., patear una piedra) descansa en la absolutamente arbitraria idea de que tocar algo es distinto de ver algo: patear, de señalar. Aristóteles deja muy en claro, al principio de la Metafísica, que el sentido que más caro nos es, es la visión, idea que, leyéndola ahora quizá genealógicamente, explicaría por qué hay museos de cosas que se ven y no de cosas que se huelen o se gustan, museos de pinturas y esculturas y no de olores o de sabores, como si la visión fuera de alguna manera sublime y el gusto o el olfato vulgaridades periféricas. Intuyo que el gusto y el olfato son menos limpios, en términos de que, aparte del tacto, son los que más directamente afectan al cuerpo, o de alguna manera, haciendo un pequeño chiste, a los que más les va el cuerpo y toda su terrenalidad, su mundanidad.

Recordemos que San Jerónimo decía, poco más o menos, que “Jesucristo comía y bebía, como todos los demás hombres, pero no defecaba”. En cualquier caso, pienso que a Aristóteles no se le ocurrió que el sentido más querido fuese el tacto porque es imposible concebir un cuerpo sin tacto, siendo el tacto algo así como un choque de extensiones, y el cuerpo, en un sentido metafísico que estoy dispuesto a usar pero no a defender, nada más que extensión. De todos modos, privilegiar ontológicamente un sentido sobre otro, para lo que sea, desde fuente de conocimiento hasta fuente de placer (planteo este antagonismo entre conocimiento y placer como dudoso por ahora, en todo caso), no es más que una arbitrariedad de esas que sólo la historiografía tiene el derecho y las ganas de justificar. Una posibilidad sería tratar del alma como la entienden los cristianos (1) y, siguiendo los caminos de Nietzsche, descender a las profundidades de la historia para dar con el punto de origen de lo que hoy nos parece normal.

2.

Gramsci repite que el sentido común es un flagelo religioso (“en el sentido común predominan los elementos “realistas”, materialistas, es decir, el producto inmediato de las sensaciones elementales, lo cual no está en contradicción, ni mucho menos, con el elemento religioso”, “los elementos principales del sentido común son suministrados por las religiones y por esto la relación entre el sentido común y la religión es mucho más íntima que la relación entre el sentido común y los sistemas filosóficos de los intelectuales”, “el sentido común es un concepto equívoco, contradictorio, multiforme y (…) referirse al sentido común como prueba de la verdad es absurdo”), muy seguramente proveniente de la idea de que Dios creó al Hombre y al Mundo, para que éste se sirviera de aquél en lo que necesitase, y así oponiéndolos. Como si los conceptos de Sujeto y Objeto como oposición autoexplicada no fuera un descubrimiento de la filosofía, sino una creación de Dios.

3.

En su encíclica Fides et Ratio, el virulento Karol Wojtyla (tristemente conocido y querido en el mundo como Juan Pablo II), defiende el “realismo” del sentido común, conocimiento que nos fue dado por la Revelación. Transcribo las primeras líneas del texto: “La fe y la razón (fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”. Me parece que el punto de conexión es el siguiente: en la tradición posplatónica, uno de cuyos militantes es el cristianismo, la razón, supremo privilegio de los hombres, tiene que ser conducida, guiada dialécticamente por alguna Diotima y, más tardíamente, por los imperativos de las fe, de las Escrituras. Se teme que la razón pueda llegar a ser excesiva y desbordante (me parece que de esta patología el caso de Spinoza es el mejor ejemplo, ebrio de razón más que de Dios). La razón devenida ratio, entrenada militarmente y vuelta implacable en su cruzada contra el error, tácitamente reta a duelo al pensar, que es vago, aventurero y a veces incluso poco razonable. Hay que saber manipular a la razón, dirigirla donde tiene que ir y que no se nos escape de la manos. La razón se vuelve utensilio. La razón deviene tenedor. La razón racionaliza, se vuelve navaja (Ockham), se vuelve tribunal (Kant), se vuelve terapia (Wittgenstein). La razón deviene neurosis.

4.

“… Porque mientras que Copérnico nos ha persuadido a creer, contra todos los sentidos, que la tierra no está fija, Boscovich nos enseñó a abjurar de la creencia en la última cosa de la tierra que “estaba fija”, la creencia en lo “corporal”, en la “materia”, en el átomo, ese último residuo y partícula terrestre. Fue éste el triunfo más grande sobre los sentidos alcanzado hasta hoy en la tierra. Pero hay que ir más allá todavía, y declarar la guerra, una despiadada guerra a cuchillo, también a la “necesidad atomista”, la cual continúa sobreviviendo de manera peligrosa en terrenos donde nadie la barrunta, análogamente a como sobrevive aquella “necesidad metafísica”, aún más famosa. En primer término también hay que acabar con aquel otro y más funesto atomismo, que es el que mejor y más prolongadamente ha enseñado el cristianismo, el atomismo psíquico. Permítaseme designar con esta expresión aquella creencia que concibe el alma como algo indestructible, eterno, indivisible, como una mónada, como un átomo: torpe creencia, ¡debemos expulsarla de la ciencia!…” (Nietzsche, primera mitad del parágrafo 12 de la primera sección de Más allá del bien y del mal). A mí me cabe la duda, ¿no podríamos pensar también, hoy, un atomismo racional, una noción que todavía entiende a la razón en un sentido platónico, separada de los afectos, bólido sin puertas ni ventanas dirigido hacia una meta que le es propia y dada, exclusiva, una meta pura?

5.

Hay defensores del sentido común. Moore tiene un libro que se llama así, La defensa del sentido común. Es conocida la prueba realista de Moore. Organizó una conferencia en donde iba a comprobar la existencia del “mundo real”. Solemnemente se sentó, alzó su mano y dijo: “ésta es una mano”. Luego la otra, diciendo: “ésta es otra mano”. La idea era que, con un poco de esfuerzo, haciendo ese mismo proceso de reconocimiento de lo real, pudiera entenderse que también hay una silla, una mesa, más personas y así, hasta reconocer todos los objetos del mundo que están determinados espacio-temporalmente. Cuando Ernesto Sábato todavía era sensato, en su primer libro, Uno y el universo, decía así: “¿Pero acaso las piedras de Berkeley no pueden recibir puntapiés? También en sueños podemos golpear una piedra. No tengo interés en salvar a Berkeley, pero, en prestigio de la inteligencia, solicito mejores argumentos”. Es conocida también, aunque menos, la anécdota que refiere Russell sobre sí mismo cuando, invitado a dar una conferencia sobre el mismo tema y decidido a demostrar que era posible dar cuenta de la realidad del “mundo exterior”, ya empezada la conversación y después de un rato, se dio cuenta de que no había manera de demostrar tal cosa y terminó convencido, después de agradables argumentaciones, de lo contrario de lo que quería ir a decir. Nos cuenta que pasó un muy buen día. Russell es todavía un Lord que se divierte con humor. De Moore no puede decirse lo mismo. El caso de Russell es penoso: era la estrella de la filosofía inglesa y el trauma que le causó la violencia de su discípulo Wittgenstein lo condenó a pasarse el resto de su vida escribiendo libros mediocres sobre la guerra y la democracia. Adelanto aquí una tesis radicalmente polémica, como casi todo lo que se puede decir cuando se camina junto a Nietzsche: si el cristianismo es platonismo para las masas, la filosofía analítica es platonismo for the masses.

___________

(1) Sobre la relación de los sentidos y del alma separada del cuerpo, habría que recordar la santa ironía de Santo Tomás de Aquino que, al ver el espectro de su hermana muerta que le ofrecía cualquier respuesta concerniente a la vida después de la muerte, él preguntó cómo cresta lo hacían allá para conocer si no tenían cuerpos (Tomás tenía un humor radicalmente corrosivo, hay muchas historias que así lo confirman).

(Segunda entrega)

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Una respuesta

  1. Si, está muy bien tu soliloquio, pero te enfocas directamente al sentido común, veo mucho de la teoría atomista, demasiado de Nietzsche, algo de Kant, del que se nota no estás familiarizado un ápice; es bueno que empieces a hablar acerca de los sentidos, pero el sentido común no es precisamente un sentido, es una intuición, algo correcto dependiendo la educación que tengas, el sentido común, ni es común ni es sentido. Por otra parte, para lo del espíritu hay muchas teorías, yo me quedo con la teoría de que todos somos parte de una misma sustancia, que no es sustancia incorpórea por cierto, sino que Leibniz tenía algo de razón al exponer sus mónadas.

    3 de junio de 2011 en 0:06

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