Apología de la mentira

por: soledad sanhueza

Recuerdo que desde mis primeros años, creo que como a todos, me enseñaron a decir la verdad y las bondades que eso traía consigo. Bondades que cada vez fueron menores, pues tras las travesuras y el reconocimiento de ellas, tras decir la verdad, los castigos, desde mi perspectiva, carecían de cualquier bien. Y si eso no era bueno, sí recuerdo lo tentador que era eludirlos con “mentirillas piadosas”, como algunos las llaman, o cometiendo el tan repudiado por mi catequista, pecado de la omisión.

Era y continua siendo genial fantasear y agregar datos inventados a las historias que narraba (y aún narro), datos sacados de otras historias que había escuchado o de sueños que había tenido; y si no agregar, simplemente, acomodar un poco la situación a mi favor, “poniéndole de mi cosecha”, como se dice vulgarmente (al menos en el sur, que es de donde vengo) para sazonar un poco la narración; sin dañar a nadie o por lo menos sin querer hacerlo, pues el afán era sólo contar una buena historia donde yo fuera la protagonista, un afán literario y estético, por denominarlo de alguna forma, sin intención de traición o encubrimiento. Esas no eran mentiras, eran mis verdades, únicas y personales, y se transformaban en mentiras solamente cuando alguien las descubría, las sindicaba como tal.

Espero que por esta declaración no se me acuse de esquizofrénica, mitómana o se empiece a dudar seriamente de mi palabra, gran riesgo que corro, pero creo que la mentira es algo completamente envolvente, mágico, que nos traslada de la cotidianidad y que es primero que la verdad, tal como dijo aquel conocido trovador español: “Es mentira que más de cien mentiras no digan la verdad”. ¡Confieso, señores, que he mentido en más de alguna ocasión, y quizás lo más grave de todo, es que he disfrutado ver en la cara de mi interlocutor maravilla o tranquilidad! ¡Pero quién esté libre de pecado que lance la primera piedra… eso sí, que no la lance para acertar!

Las cosas de las que más disfrutamos, o de las que más disfruto, son ficciones o, llamémoslas directa y morbosamente, para efectos del texto, mentiras: la pintura, las canciones, la literatura, el cine, los sueños. En ello se muestra de forma clara y evidente cómo el hombre intenta corregir la realidad y goza en ello. Pues se escribe, se pinta, se canta de lo que no fue, de lo que fue y no me gustó y deseo recordarlo de otra manera, de lo que nunca será, de lo que veo, pero estoy seguro que nadie más ve, porque es sólo cuestión de percepción, cuestión de mi propia y única forma de ver el mundo. Nos atraen las mentiras y las metáforas porque en ellas somos protagonistas y no vivimos nada en forma ordinaria o mediocre: si se sufre se hace como nadie más lo podría hacer, de la forma más desgarradora, como si el desamor, la muerte, la soledad sólo existiera para el yo particular, como si nadie más la pudiera vivir. Pensamos en base a metáforas y al usar el lenguaje las transmitimos en forma de mentiras.

En este punto me veo en la necesidad imperiosa de quitar esa carga peyorativa que arrastra consigo la palabra “mentira”. Una palabra que solemos repudiar cuando nos alejamos del contexto artístico y  pasamos al plano cotidiano y a la relación entre personas, cuando vivimos en sociedad y nuestro actuar esta regulado por una moral que aboga por la verdad. Es normal que al vivir en comunidad deseemos escuchar la verdad de la cosas que suceden y que no podemos ver, de las cosas que los otros sienten, de la situación en la que se encuentra mi ciudad o mi país -por lo mismo el rechazo a los políticos y a sus promesas: se sabe de ante mano que no son artistas y que su intención no es exponer el mundo que se desearía que fuera, sino que manejan la mentira para encubrir la verdad, para dar a pensar que todo esta en calma y que su labor se cumple de la mejor forma posible-.

Para quitar este estigma me apoyo en Nietzsche, con quien afirmo que la mentira y la verdad tienen su comienzo fuera de la moral y fuera de toda carga valorativa (véase Sobre verdad y mentira en sentido extramoral). El hombre conoce y se relaciona con el mundo de forma particular y única, según su prisma de visión de mundo, que nunca lo abarca por completo y está cargado de subjetividad y ficción.

“ No basta abrir la ventana/ para ver los campos y el río/No es bastante no ser ciego/para ver los árboles y las flores./También es necesario no tener filosofía./Con filosofía no hay árboles: hay sólo ideas / Hay sólo una ventana cerrada, /y todo el mundo afuera;/y un sueño de lo que se podría ver /si la ventana se abriera,/que nunca es lo que se ve /cuando se abre la ventana.” (1)

El hombre conoce el mundo como su propia ficción y lo interpreta a su manera, y aunque condicionado ciertamente por el factor cultural, lo cierto es que cada perspectiva no nos muestra el mundo real o La Verdad universal que tanto buscamos y que al parecer estamos impedidos de encontrar por las limitaciones de ese don llamado intelecto. Un don que está unido a un cuerpo que siente, sueña y espera (el ser dual del cual hablaba Kant, escindido entre razón y sensación). Puede ser que cada una de estas “visiones angulares” sean una micro verdad en un universo lleno de ellas y dado a la interpretación, o bien, las podemos llamar a todas ellas mentiras. Entonces todos seríamos mentirosos por naturaleza, pues al parecer nuestro intelecto está hecho para inventar, para crear metáforas, para saltase los “en sí” y volcarse hacia los “para mí”, para que el hombre sea un artista natural. ¡Si hasta el mismo lenguaje, elemento básico en el pensar y en la relación entre humanos, es una metáfora del objeto al que se refiere!  Es angustiante pensar que no existe una verdad única y universal, y darse cuenta que la filosofía, por mucho que se esfuerce por llegar a ella y por conocer el mundo tal como es, sólo sea una perspectiva más -una perspectiva menos sentimental, que se trata de acercar mucho más a las bases, más revisada, racional, crítica de la misma crítica del mundo y de la forma de conocerlo- pero perspectiva al fin y al cabo (quizás muchos no compartan esta postura acerca de la filosofía y sientan completamente “sacrílegas” mis palabras, pero el tema queda abierto a la discusión y  al debate).

Entonces ¿de donde viene la verdad que tanto se protege en la sociedad, si cada uno posee una mentira distinta que protege como tesoro propio y verdad absoluta? Existe en el hombre un afán de comprensión, de unificación y sobretodo de cuidado frente a las distintas visiones de mundo, existe temor a ser engañado, a perder el poder de crear frente a la creación del otro, pero no existe pudor en engañar. La Verdad viene como un deseo que nace del hombre en sociedad y por lo tanto, cuenta Nietzsche, se basa en la convención. Hay un conjunto de palabras y conceptos que se crean, que poseen un significado arbitrario, pero que pasan a ser comunes a una sociedad y una cultura. Es en este momento cuando la verdad convencional se yergue como La Verdad que todos esperan y a la que todos aspiran, adquiere un valor positivo y se posiciona en el “Lado A” de la moral. Sólo bajo la convención nos es posible transmitir y entender las distintas visiones de mundo. Si bien se puede diferir de muchas y poner la nuestra por sobre las otras, también se puede dar la comunicación al interior de una sociedad, que deja de ser atomizada y adquiere perspectivas que denomina como reales, pues son los conceptos convencionales los que nos permiten unir lo diferente. Cuando nos transformamos en seres gregarios se vuelve necesario y obligatorio, para sobrevivir, seguir las reglas impuestas y que todos siguen, aunque sean sólo ilusiones generalizadas.

Ahora ¿en que momento la mentira se transforma en algo negativo y reprochable y qué tipo de mentira es ésta? Porque estamos claros que el arte, siendo ficción pura, se disfruta más que se reprocha. Cuando, estando dentro de la convención, escapamos a las reglas y límites que se han planteado y usamos conceptos conocidos por todos de forma equívoca, cuando por ejemplo nos definimos como alegres y nuestra personalidad no cabe dentro del concepto aceptado como alegre, sino como melancólico, es cuando estamos mintiendo: allí la mentira se transforma en algo negativo, ésa es la mentira condenada. Tal como explica Nietzsche, el uso antojadizo de lo conceptos no se permite al interior de un conjunto social, es una falta a la moral, es un engaño: a partir del sentimiento de estar obligado a designar una cosa como roja, otra como fría, una tercera como muda, se despierta un movimiento moral hacia la verdad, a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todos excluyen.

Es así que me atrevo a presentar a la verdad como una mentira generalizada, a la que todos están obligados a creer para poder mantenerse al interior de un grupo. Culturalmente ciertas cosas nos parecen agradables, aberrantes, hermosas; así pasan a formar parte del conjunto humano al que queremos pertenecer y, en pos de la tranquilidad, olvidamos el poder creador artístico que poseemos naturalmente como seres humanos. Cambio mi creación por una creencia que con el tiempo se vuelve certeza, por temor a la posibilidad de creación del otro, por subsistencia; pero eso no erradica de nosotros el goce del fantasear y crear nuestros propios mundos: seguimos gozando de hacer nuestra propia mentira, que no es más que nuestra más íntima verdad.

(1) “No basta abrir la ventana”, Alberto Caeiro (heterónomo de Fernando Pessoa).

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