Editorial: Objetividad científica

«Por ti será maldita la tierra;

con trabajo comerás de ella todo el tiempo de

tu vida»

(Dios)

Advierto que este no es un texto científico ni que trate sobre el estatus del conocimiento científico, sobre su verdad o falsedad, sobre si es el único conocimiento que merece tal nombre o no. Sí es, no obstante, un texto de ciencia, pues habla de ella y/o de lo científico.

Conversando hace unos días con unos amigos(1), a la luz de la cerveza (vino en el caso de mis acompañantes), uno de ellos nos habló de una investigación que indagaba en el quehacer de los estudiantes en su tiempo libre.  Uno de los resultados –que a decir verdad no me sorprende, ni sorprendió a ninguno de nosotros– fue que los estudiantes de ciencia declaraban hacer cualquier cosa que no estuviese relacionado con sus respectivas disciplinas; algo, digamos, que los liberase e hiciese olvidarse de ellas.  Es decir, su “labor científica” se limitaba a las clases y al trabajo necesario para el progreso de sus estudios universitarios.

¿Qué veo aquí? ¿Qué descubríamos yo y mis amigos en esto? Que su labor científica no es labor ni es científica: es una tortura, un sufrimiento, un trabajo –‘trabajar’, dicen, se remonta al latín ‘tripalium’, que era un instrumento o aparato de tortura compuesto por tres palos. Si bien una labor también puede ser trabajosa (tanto que el trabajo al que nos condena Dios es el de labrar la tierra) (2), cabe rescatar ahí la idea o realidad de ‘labrar’, esto es, de cultivar –en este caso– una disciplina científica, una ciencia.

Labrar, cultivar, esto es, hacer o crear cultura.  Entonces: preparar el suelo para la siembra, crecimiento y recolección (3) de algo nuevo. Todo esto en el sentido de renovar, ya como la excepción monstruosa de lo nuevo-original, de lo novedoso; ya como dar nuevos bríos, nueva vida a lo que ya se conoce.

De este modo, si los estudiantes de ciencia ven en su quehacer nada más que sufrimiento y dolor (algo que los aburre porque lo aborrecen), tal que, apenas les es posible, escapan a algo que sí los entretenga, algo digno de su tiempo libre; de este modo, digo, no hay aquí un cultivo de la ciencia: no hay ciencia ni científicos (4) (o proto-científicos en el caso de los estudiantes, si se quiere).  Sólo hay un grupo de gente recibiendo una técnica, una mera o pobre técnica a utilizar –y un cartón que los certificará como tales técnicos: la ciencia como un útil, herramienta u objeto a disposición del que pueda adquirirla para realizar, no una labor, sino un trabajo (como podría ser cualquier otro).  Un aparataje de objetos (fórmulas, proposiciones, etcétera) de estantería para –cuando ya se es “científico”–, cumplir una jornada de ocho horas de lunes a viernes, etcétera.

No la ciencia o lo científico como un modo de ser, como un êthos: como un ser-inquisitivo que recibe la educación o cultura para concretar su genio, su espíritu, su ciencia; sino como mero trasto u objeto ya muerto y sin espíritu que está ahí, listo ya para trabajar.

Luego (cuestión que, como dije, no sorprende, pues -dicho en palabras prefabricadas- es una realidad de nuestro tiempo), a la ciencia, o al menos a muchos de quienes la estudian, le falta ser-científica: ser una ciencia vital y no objetiva.  Un vivir y no una ciencia-objeto.  Esto, para pesar de los “científicos” y su dogma (5) objetivista: el de una ciencia que se memoriza, pero que no se piensa, no se vive.

[…]

Este es, universalmente, el problema de toda nuestra educación, de todas las disciplinas. Es el problema de nuestra “cultura”… ¿No radicará allí la cuestión tan manoseada y ridículamente abordada, de la falta de innovación? (6)

_____
(1) Se sospechará, pues, que esta editorial es el fruto de esa conversación y, por tanto, responsabilidad también de los otros comensales; luego, cúlpeselos a ellos de cualquier error.
(2) Es sugerente, y más para lo que trato aquí, que el castigo por acceder al conocimiento, a la ciencia sea el labrar.  Casi podría colegirse que conocer es labrar.
(3) Téngase en cuenta que el tan trascendental ‘Lógos’ es un vocablo proveniente de la agricultura que, precisamente, tiene el sentido de recolectar y, quizá forzando las cosas, el de ligar o religar (ya como volver a ligar, ya como un todo ligado) y, por qué no, el de legislar.  Esto sugiere, por un lado, que la analogía agrícola no es mero antojo y, por otro, que la noción de la ciencia y lo científico que ensayo mostrar se sigue, me atrevo decirlo, del propio concepto y realidad ‘ciencia’ en tanto –dicho latamente– inquirir, descubrir las leyes de la cosas (su lógos, su lógica y si se prefiere: su principio o razón vital, su espíritu).
(4) Tal como, mayoritariamente, no hay -me huelga decirlo- medicina ni médicos, pedagogía ni pedagogos, política ni políticos y, en general, labores ni labradores. Sólo hay funcionarios.
(5) Se juega aquí, la misma distinción que, por real, cabe hacer entre el hombre religioso y la religiosidad, y el sacerdote y sus feligreses.  Es, entonces, la distinción entre el ser y el profesar, entre el labrador y el profesional (o funcionario, como se dice en la nota anterior).
(6) Aunque, sospecho, esa innovación que falta no es sino más de lo mismo, un producto de nuestra época, una función, y por tanto, cualquier cosa menos innovación, esto es, nada vital, vitalizador, creativo o creacionista.

Una respuesta

  1. Jan Sanelli

    Esta nota es simpática, pero se basa en algo que nada tiene que ver con la ciencia sino con los estudiantes supuestamente –sí, supuestamente– investigados. Sólo se refiere “a muchos de quienes la estudian”.

    19 de mayo de 2010 en 17:47

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s