Pascal lector de Montaigne. Lectores del hombre. (II)

por: cristian soto*

III. Montaigne o “la miseria del hombre sin Dios” (73).
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Así como puede sostenerse que Pascal coincide con Descartes en la primera parte de su producción intelectual, es decir, en su interés por las ciencias físico-matemáticas, por la investigación experimental de la naturaleza, puede sostenerse también que el último Pascal, el de las Provinciales, el de los Pensamientos, coincide con Montaigne en las preocupaciones eminentemente morales y prácticas de la reflexión filosófica. Pascal presta atención al Descartes científico, pero toma poco de él en relación con su filosofía, y poco a tal punto que casi podemos estar seguros de que cuando toma algo, lo hace para deshacerse de ello con algún ademán que llame la atención de su público filosófico – señalado quedó más arriba su valoración de la esencia cartesiana del hombre, ¡una caña pensante de un necio pensamiento! En cambio, Pascal presta atención al Montaigne que, sin quererlo, de tanto describir se transforma en un moralista o, al menos, en un ejemplar claro del paganismo de su tiempo, del hombre sin Dios, del que ha sucumbido al cuidado de sí mismo por cansancio de tanto hablar de sí y pensar en sí mismo. Sin embargo, a este respecto hay que ser sumamente cuidadosos porque, si bien Montaigne es, por una parte, el hombre sin Dios, a los ojos de Pascal, es también el autor de uno de los libros que ha penetrado más profundamente en la naturaleza humana, es el autor de los Ensayos, el que ha hablado con acierto acerca de las debilidades del hombre. ¿Qué le ha sucedido a monsieur Pascal leyendo a Montaigne? Tendríamos que preguntar, más bien, qué le ha sucedido aparte de la iluminación de la noche del 23 de noviembre. Ver que la luz refleja las sombras: Montaigne. Los Pensamientos sugieren que dos cosas le suceden al leer los Ensayos: primero, refuerza su rechazo del paganismo; pero, segundo, queda admirado – y en deuda, tal como lo muestran los Pensamientos – de las reflexiones del escéptico.
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Las ediciones de los Pensamientos usualmente dividen el escrito en dos partes: una primera, titulada El hombre sin Dios, y una segunda titulada El hombre con Dios. A partir de la primera, puede descubrirse con alguna claridad el impacto doble que tuvo Montaigne en Pascal. Primero, el impacto negativo, tal vez solo el impacto inicial y, por qué no decirlo, superficial, acomodado a los criterios de la época. A este respecto ya hemos sido claros al evidenciar que, según Pascal, “Montaigne no tiene razón” (76), que su proyecto de hablar de sí mismo es necio y que cometer errores por propio designio lo hace insoportable; Montaigne es, acto seguido, el ícono del hombre sin Dios, que no se preocupa de la vida futura y que, peor aún, se preocupa de pasar esta vida sin sobresaltos para morir laxa y muellemente. ¡Qué más da! No nos queda sino aceptar. Pero el segundo impacto es el que me interesa destacar ahora: el impacto positivo, la influencia, tal vez esa que determinó la reflexión antropológico metafísica pascaliana, esa que lo forzó a ser genial y que lo sumergió en cavilaciones de una penetración insondable para los comunes, y en nombre de la buena salud, durante los últimos años de su vida. Se trata en este caso, quiéralo Pascal o no, de las coincidencias, de esas que han hecho que algunos afirmen que él “en sus fórmulas más famosas copia literalmente a Montaigne” (Belaval ed., 285) y que, irremediablemente, nos llevan a pensar que la antropología metafísica de Pascal no se la pudo haber pasado sin la antropología neo-estoica de Montaigne.
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Dice Pascal acerca de la génesis histórica de esta antropología metafísica suya: “había empleado largo tiempo en el estudio de las ciencias abstractas y la poca comunicación que de ello se puede obtener me disgustaba. Cuando he comenzado el estudio del hombre, vi que las ciencias abstractas no son propias del hombre y que me separaba más de mi condición penetrando en ellas, más que los otros ignorándolas” (80). Pascal muere en 1662, este pasaje es posterior a 1656 y su lectura de Montaigne tiene que haber sido realizada entre 1654 y 1656. La lectura de Montaigne tiene que haber estado entre los motivos determinantes del giro de las reflexiones pascalianas, junto a la iluminación de la noche del 23 de noviembre de 1654.
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Sólo algunos esbozos respecto de lo que puede llamarse impacto positivo. La imaginación. Pascal dice: “es esta parte dolosa del hombre, esta maestra de error y falsedad, y tanto más falaz cuanto que no lo es siempre” (104); mientras que Montaigne dice: “soy de aquellos que experimentan gran intensidad de la imaginación, la cual, si afecta a todos, trastorna a algunos” (I, 20, 61). En cuanto a la diversión, dice Montaigne de sí mismo: “en otro tiempo experimenté un intenso sinsabor, y aún más justo que intenso. Acaso entonces hubiese sido hombre perdido de haberme sencillamente fiado en mis fuerzas. Necesitando una vehemente diversión que me distrajera, me fingí enamorado, con artificio, a lo que la edad me ayudaba” (III, 4, 45); y dice Pascal: a los hombres “se les dan cargos y quehaceres que les hacen afanar desde que apunta el día. – ¡He ahí, diréis, una manera extraña de hacerlos dichosos! ¿Qué cosa mejor se podría hacer para volverlos desgraciados? – ¡Cómo! ¿Qué se podría hacer? Quitarles todos sus cuidados, porque entonces se verían a sí mismos, pensarían en lo que son, de dónde vienen y a dónde van (…) ¡Qué hueco y lleno de suciedad es el corazón del hombre!” (207). A otro respecto, Montaigne dice: “exquisita vida es la que mantiene orden hasta en su intimidad. Todos pueden participar de la farsa y fingir ser honrados en el escenario, pero el toque está en que sean honrados dentro de su pecho, donde todo está oculto y todo es permitido” (III, 2, 23); y Pascal, por su parte, dice: “las bellas acciones ocultas son las más estimables” (148). Y Montaigne continúa: “Franquear una brecha, dirigir una embajada, conducir un pueblo, son hechos brillantes, mientras que reprender, reír, vender, pagar, amar, odiar, platicar con los nuestros, conversar con nosotros mismos, sin relajarse ni desmentirse, es cosa mucho mas rara, difícil y menos relumbrante que las primeras y grandes que señalé” (III, 2, 23); y Pascal continúa también: “vanidad: juego, casa, visita, comedias, falsa perpetuidad del nombre” (150) y, afirma tajantemente, “la vanidad está tan aferrada en el corazón del hombre, que un soldado, un escudero, un cocinero, un ganapán, se jacta y quiere tener sus admiradores; y los filósofos mismos lo desean; y los que escriben en contra quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los que leen quieren tener la gloria de haber leído; y yo, que escribo esto, tengo quizás este afán; y acaso los que lo hayan de leer…” (153). Y Montaigne: “la virtud se contenta consigo sola, sin disciplina, palabras, ni afectos” (I, 38, 180) y “comprendiendo los verdaderos bienes, que se gozan a medida que se entienden, contentaos con ellos, sin deseo de prolongar vuestra vida y nombre. Tal es el consejo de la auténtica filosofía, no de una filosofía ostentosa y parlera” (I, 38, 136). Pascal, para concluir: “el poder de las moscas: ganan batallas, impiden actuar a nuestra alma, comen nuestro cuerpo” (96). Etc., etc., etc.
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IV. “No enseño; relato” (III, 2, 21).
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Dos cosas y el recuerdo de una disculpa. Desde luego tengo presente que en Montaigne hay mucho más que lo que aquí he señalado. Hay una pedagogía, una moral, una antropología, una psicología, erudición, talento, humor, sarcasmo, socarronería y piedad, humanismo antropofóbico, en suma, penetración en las inclinaciones del ánimo que suelen justificarse de las más diversas maneras, cada uno de acuerdo a su tiempo y condición, del modo que resulte más adecuado. Pero a Montaigne no se le engaña, porque ha descubierto lo crucial: “todo hombre lleva la forma entera de la condición humana” (III, 2, 20). Por eso no se le engaña. Asimismo: “lo que verdaderamente nos condena y lo que afecta a la manera común de los hombres es que su misma intimidad está llena de suciedad y podredumbre. Sus ideas sobre la enmienda son confusas; su penitencia, mezquina y casi tan culposa como su pecado” (III, 2, 25). Nadie puede engañarle. Así también tengo presente que en Pascal hay mucho más que lo que aquí he señalado. Hay una teoría de la naturaleza, de la causalidad, de la costumbre; también una moral, una psicología y una teología. Una antropología metafísica, no una de esas existenciales que se multiplicaron el siglo pasado en época de hambruna espiritual, sino una antropología de tomo y lomo, que mira al hombre en contraste con el universo y posicionado en una naturaleza que le es indiferente a la vez que amable, una antropología que es metafísica porque, ante todo, asume el siguiente precepto: “no hay que juzgar la naturaleza según nosotros, sino según ella” (139) y “la naturaleza del hombre es todo naturaleza, omne animal” (121) – realismo metafísico. En fin. Ya es tarde. Sírvame el aserto de Montaigne, que hace las veces de encabezado de este final, para justificar mi intento. Ellos no están muertos. Soy yo el que tiene sueño. Sé que se me perdonará si se lee a Brunschvicg. Él enseña y relata.
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PRIMERA PARTE

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*Profesor del Departamento de Filosofía, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.

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