Sobre el ateísmo – ateo gracias a Dios

por: juan ignacio rodríguez

«Pero decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse todavía en niño?
Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí».
Friedrich Nietzsche,
Así habló Zaratustra,
De las tres transformaciones.

1.

Me pasa de vez en cuando que me intriga la cuestión de Dios y el ateísmo. Aunque cada vez menos desde que, espero, dejé de ser un adolescente. Supongo que antes me preocupaba desde la rebeldía, desde un Nietzsche mal digerido o asimilado por el joven que lo lee y se cree filósofo: no creo en Dios, es una mentira, una debilidad, soy ateo. Pero cada vez menos, decía, y, superado ya Dios, cuando sucede tiene que ver con eso de ser ateo, con la extrañeza que me provoca decirse tal: no porque haya vuelto a creer en Dios (suponiendo que creyese alguna vez en él), sino por la referencia que hay todavía a eso (o Eso) en su negación, por la rareza de afirmarse con una negación, de negar algo pero aún estar ligado a ello, preocupado de ello, ocupado, afanado, apasionado.

Si personalizo el asunto, cuando pasa que me ocupo de Dios y el ateísmo no es sino para preguntarme, ya que no creo en él, si soy o no ateo. Me complica decirme tal porque dice mucho para lo poco que, creo, me importa Dios.

2.

La oportunidad me la dio esta vez un libro. Revisando volúmenes en una librería cercana a mi casa me topé con el Tratado de ateología, de Michel Onfray (Anagrama, 2008). Me llamó la atención eso de hacer de la no creencia en Dios una ciencia, un partido para luchar contra Dios. Lo compré, llegué a mi hogar y leí algunas líneas: el prefacio, el prólogo y los dos primeros apartados del capítulo uno de la primera parte.

Onfray pregona la necesidad de dicho partido, de la empresa de llevar a cabo el proyecto ilustrado que Kant dejó trunco con su Dios pensable (pp. 24-26); la necesidad de oponerle a Dios «la Razón», «la Inteligencia», «el Espíritu Crítico», «Satanás», «Lucifer», «el portador de la luz», «el filósofo emblemático de las Luces», el «Diablo» (pp. 33-34). ¿Por qué? Porque -dice Onfray- Nietzsche se equivocó, porque Dios no ha muerto, porque «el último de los dioses desaparecerá con el último de los hombres» (p.33). «Porque Dios no está muerto ni agonizante, al contrario de lo que pensaban Nietzsche y Heine. Ni muerto ni agonizante porque no es mortal. Las ficciones no mueren, las ilusiones tampoco; un cuento para niños no se puede refutar». (p. 32)

Me decidí entonces a poner por escrito lo que pienso cada vez que me topo con Dios y el ateísmo: que ser ateo es aún estar con Dios, es -por recurrir a una figura nietzscheana- ser el león que le ruge, que lo niega, que ha superado al camello que gustoso lo llevaba, que afirmaba a Dios sobre su lomo; ser el león que opone al «tú debes» un «yo quiero», pero que aún esta vuelto a Dios.

3.

Las ficciones no mueren, las ilusiones tampoco; un cuento para niños no se puede refutar. ¿Por qué refutar a Dios, incluso si se pudiese? ¿Por qué hacerlo, para qué (salvo, claro, que se quisiese otro Dios), si basta con saberlo ficción, si revelarlo como tal, describirlo así es lo que lo mata, y lo que permite otras ficciones? Si Dios tiene fuerza es justamente porque no se lo tiene por ficción: Dios muere porque se revela como un cuento para niños, no porque se lo refuta, con aquello es suficiente. Y no sólo es suficiente, es todo lo que se puede con Dios, es lo último que se puede con Dios. ¿Quién quiere refutar un cuento para niños? ¿Quién puede refutar algo que está más allá de la lógica de la demostración? ¿Quién puede ser tan serio, tan grave, tan profundo, tan superfluo de pretender refutar una fábula? Al parecer el ateo, el que todavía se preocupa de Dios (¿o quizás un niño o alguien, sólo por jugar?).

4.

Escribe Onfray: «Difícil, por lo tanto, reconocerse como ateo… Nos llaman así, y siempre ante la perspectiva insultante de una autoridad dispuesta a condenar. La construcción de la palabra lo precisa, por lo demás: a-teo. Como prefijo privativo, la palabra supone una negación, una falta, un agujero y una forma de oposición. No existe ningún término para calificar de modo positivo al que no rinde pleitesía a las quimeras fuera de esa construcción lingüística que exacerba la amputación: a-teo, pues, pero también in-fiel, a-gnóstico, des-creído, ir-religioso, in-crédulo, a-religioso, im-pío (¡el a-dios está ausente!) y todas las palabras que derivan de estas: ir-religión, in-credulidad, im-piedad, etc. No hay ninguna para significar el aspecto solar, afirmativo, libre y fuerte del individuo ubicado más allá del pensamiento mágico y de las fábulas». (pp. 35-36)

Obvio, no hay ninguna actitud positiva respecto a Dios que no sea creer en él. Cualquier otra actitud vinculada a él será negativa, atea: no puede existir ningún término para calificar de modo positivo la lucha contra-Dios. Luego: olvídate de Dios, no te afanes en negarlo, supéralo: yo no soy a-pascuero (o a-viejo del saco). ¿Negar nada? ¿Luchar contra nada? Si eres ateo todavía te importa mucho Dios. No digo que no hables, que no escribas. Cómo no hacerlo, es un tema fructífero, cautivante como toda ficción: y sobre todo como la ficción por antonomasia, la ficción absoluta. Proscribir a Dios (como tema), silenciar la palabra es todavía, es sobre todo ateo… demasiado ateo.

5.

Ni siquiera me digo no ateo (eso está más cerca de ser lo uno o lo otro que ninguno); salvo, claro, si alguien me interpela como ateo. Y sólo a veces, cuando me da el ánimo, cuando no lo dejo pasar. Ahora no lo dejé pasar y escribo esto. Y cuando digo “si alguien me interpela” no lo limito a que alguien en vivo y en directo me califique de ateo, por ejemplo tras preguntarme si creo en Dios y responderle que no: «ah, entonces eres ateo»; también incluyo, como en este caso, a una lectura.

A propósito de interpelaciones u ocasiones para pensar en Dios: aunque alguna vez creí que era la mejor manera de evitarme el calificativo de ateo y las dudas que me trae, hasta decir que “no creo en Dios” me ocasiona dificultades (las mismas que decirme ateo), pues es todavía concederle demasiado a Dios… Aunque, acabo de pensarlo, ¿no será mi preocupación por decirme (o no) ateo, por decirme (o no) no creyente; no será eso, digo, concederle todavía mucho a Dios (ser todavía ateo)? ¿Concederle a quién? A Dios. ¿A quién? ¡DIOS! ¿Qué es eso? Es, ehh… Nah,  da igual, olvídalo.

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