Montaigne, mortalidad y sufrimiento

por: alfonso pizarro*

A medida que es más corta la posesión del vivir, he de hacerla más profunda y más plena”

(Montaigne, De la experiencia, p. 397 del vol. III)

Pareciera ser que la condición humana está destinada al sufrimiento, y nada más que al sufrimiento. Sin importar lo que se haga, todas nuestras acciones parecieran estar encaminadas al sufrimiento, ya sea las realizadas sin previa reflexión (no muy distinto de las bestias), o ya incluso aquellas acciones que buscan evitar el sufrimiento. Aún más, pareciera ser que éste fuese el destino de todo ser consciente en el mundo.

En los Ensayos de Montaigne, podemos apreciar la gran sensibilidad que el autor tenía ante la condición humana. No obstante, creo que no es necesario poseer una capacidad especial para darse cuenta del hecho de que sufrimos, pues hasta las bestias ignorantes, que van hacia lo primero que parece prometerles saciar su deseo, muestran aversión y evitan aquello que saben que les causará más dolor que placer; eso sí, sin tomar en cuenta el posible beneficio posterior.

Así como el sufrimiento curte los espíritus que están dispuestos a asumirlo y superarlo, a su vez los vuelve más sensibles ante la realidad del sufrimiento. Montaigne no estuvo ajeno a las experiencias penosas: la muerte de cuatro de sus cinco hijas y la, quizá, más significativa en relación con sus Ensayos, la de su querido amigo Étienne de la Boétie. Quizá la gran sensibilidad de Montaigne sobre la naturaleza humana se deba a estas experiencias, puesto que en su propia condición de mortal observó lo que le sigue necesariamente: así como al momento de placer le sigue su extinción, a la vida necesariamente le sigue la muerte, y en este sentido, estar viviendo significa estar muriendo. Dice Montaigne: “Es la condición de vuestra creación, la muerte es parte de vosotros; huís de vosotros mismos. Este vuestro ser del que gozáis pertenece por igual a la muerte que a la vida. El primer día de vuestro nacimiento os encamina tanto a vivir como a morir”, (De cómo filosofar es aprender a morir, p. 139 del vol. I). Por eso es que negar la muerte misma es negar la vida, negar la muerte es negarse a uno mismo: a la muerte, dirá en el mismo ensayo, “en todo instante imaginémosla con todas sus caras”.

El sufrimiento se nos hace manifiesto en el dolor más burdo, en la enfermedad, en los pesares de la vejez, en la experiencia de la muerte misma, que si no es en nosotros, de igual modo la experimentaremos como la remembranza de seres queridos que ya han muerto. No tan sólo eso, ¿cuántas veces nuestros sueños e ilusiones, nuestras expectaciones con respecto a la realidad, no han sido destrozadas fríamente al encontrarse éstas con un mundo indiferente a ellas?  Incluso en los momentos en que alcanzamos algo de goce y felicidad éstos nos fallan, no perduran e irremediablemente, en algún momento llegaremos a la condición opuesta. Sabio es el consejo de Montaigne, en aquel mismo ensayo, de tener presente lo efímero del mundo: “En las fiestas y en la alegría tengamos siempre este estribillo del recuerdo de nuestra condición y no nos dejemos tanto llevar por el placer, que no nos venga a la memoria de cuántas formas este contento está expuesto a la muerte y con cuántas trampas lo amenaza”.

Asimismo, un espíritu como el de Montaigne no se paraliza ante la existencia, en puro patetismo ante el mundo, puesto que “quien teme sufrir, sufre de lo que ya teme” (De la experiencia, p. 375 del vol III); hace un llamado a experimentar la existencia asumiendo y superando nuestra condición, afirmando en el mismo ensayo: “Sufrid únicamente, de nada os servirá otro régimen; jugad, comed, corred, haced esto y lo otro, si podéis: vuestros excesos os servirán más que perjudicaros”. El tema radica en no actuar como meras bestias ni como ingenuos ante la realidad; debemos sopesar las cosas que se nos presentan, meditar en nuestras decisiones con detenimiento más allá de un nivel meramente discursivo que no tendrá mayores influencias en las pasiones del alma; debemos poner en frente fuertes motivos para direccionar nuestras pasiones que finalmente determinan el curso de nuestro actuar.

Schopenhauer concibe fatalmente la razón encadenada a la voluntad, lo que provoca en la primera la falsa creencia de libertad, cuando en realidad lo que tomamos por libertad es lo que la voluntad quiere, y que lo quiere no mediante un proceso enraizado en el discurso racional. De manera similar Montaigne sostiene: “Y además, cuando el cuerpo y el espíritu están en mal estado, ¿para qué sirven esas ventajas externas? Habida cuenta de que el mínimo alfilerazo y la mínima pasión del alma basta para privarnos del placer de la monarquía del mundo (…), ¿acaso no se olvida de sus palacios y grandezas” (De la desigualdad que existe entre nosotros, p. 327, vol. I). En un instante nuestras pasiones pueden pasar a llevar cualquier consideración previa que hayamos hecho, por muchos adornos que tenga y a pesar de nuestro autoconvencimiento; la comprensión necesaria realmente no es algo meramente intelectual, sino que se convierte en algo vital.

Así, de manera opuesta a lo que tendemos a hacer por instinto, no podemos sino ir hacia el sufrimiento, aceptarlo, asumirlo, porque sólo así podremos, quizá, comprender su naturaleza, abarcar la existencia, que comprende la vida y la muerte como pertenecientes a un único orden natural, una no puede ser comprendida sin la otra; y si asumimos la existencia en su totalidad, ¿habría algo que no aceptáramos por guardar recelo y aversión ante ello? El dolor, la enfermedad, la vejez, el temor a la muerte  -la propia y la de los seres queridos-, las desilusiones, y lo efímero de las situaciones en que gozamos; todo esto estaría considerado dentro de lo que hemos asumido en su totalidad, no se generaría una contradicción interna y no iríamos en busca de consuelos externos que nos anestesien de la aversión que sentimos hacia nuestra condición. Probablemente éste sea el sentido de las palabras de Tilopa, uno de los grandes maestros budistas de la India –cuyas enseñanzas acostumbran a hablar de lo perecedero y de la condición humana–, al aconsejar a su más importante discípulo: “El problema no es el placer; el problema es el apego”. Y es en esta misma lógica que después agregaría: “Hijo, no son las apariencias las que te atrapan, son tus reacciones. Corta a través de tus reacciones, Naropa”.

No queda duda de que el sufrimiento es uno de los problemas más relevantes y presentes en la condición humana, si es que no es el central. Es evidente que en la brevedad de este ensayo no se podrá, quizá ni si quiera en la más extensa de las obras, tener la última palabra sobre el problema que es que el destino de la condición humana sea estar ligado al sufrimiento. A la vez, el sufrimiento en el transcurso de la vida, hace de seña constante de la muerte.

Quedan tantas reflexiones sobre el sufrimiento y la muerte por hacer como seres vivos en el mundo.

Finalmente, podemos concluir diciendo que para Montaigne, como él mismo lo afirma, la condición humana suele encontrarse entre dos extremos: el que es dueño de un alma fuerte y sólida, contra la cual nada pueden los vaivenes de la fortuna; y el que advierte los males, los siente, y por incapacidad no puede soportarlos. Montaigne dirá que lo primero es característica del filósofo.

“…éstos (los sabios) están, por así decirlo, más acá de los acontecimientos, aquéllos más allá y tras haber sopesado y considerado las circunstancias, tras haberlos medido y juzgado tal como son, vuelan por encima de ellos gracias al impulso de un vigoroso valor(…)” (De las vanas sutilezas, p. 380, vol. I)

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*Licenciatura en filosofía, Universidad de Chile

Bibliografía: Ensayos vol. I, II y III, Cátedra, Quinta edición revisada, 2001.

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