Dostoyevski: realismo metafísico, misticismo y espíritu karamazovianos (2).

3. Realismo metafísico karamazoviano.

Hay un pasaje clave por el que quiero comenzar. Dice tal vez casi todo lo que se quiere poner de relieve aquí. Realismo, naturaleza y leyes de la naturaleza aparecen relacionados en el siguiente diálogo entre Kolia y Smúrov:

- Me agrada el realismo, Smúrov – dijo, de pronto, Kolia –. ¿Te has fijado en la manera como los perros se encuentran y se huelen? Entre ellos tiene que haber una ley general de la naturaleza.
– Sí, una ley ridícula.
– No es ridícula, en eso no llevas razón. En la naturaleza no hay nada ridículo, aunque los prejuicios se lo hagan ver así al hombre (HK, p. 752).

Por supuesto, que tenga que haber una ley general de la naturaleza entre los perros que se acercan y se huelen quiere decir también, entre otras cosas, que tiene que haber una ley general de la naturaleza para cada una de las relaciones que se dan entre las especies que la componen – no hay razones para lo contrario: la lluvia cuando cae, las hormigas en su senda, entre otras. La intuición es fuerte, sobre todo cuando va acompañada de la afirmación de que en la naturaleza no hay nada ridículo.

Pero, ¿a qué realismo se refiere Dostoyevski? La pregunta es lícita. Con los antecedentes históricos que, a primera vista, se tienen de la época en que escribió, uno puede verse tentado a sumar sus concepciones acerca del realismo y de la naturaleza a lo que, por entonces, era llamado naturalismo y que encontraba a su representante más popular en el francés Claude Bernard. Conocido por sus trabajos en fisiología, vivió entre 1813 y 1878, siendo prácticamente coetáneo de Dostoyevski (1821-1881), quien seguramente tuvo noticias de sus trabajos en medicina experimental, implementando la vivisección y justificando el sufrimiento animal en favor del avance de las ciencias. Bernard, a pesar de reconocer que un organismo era relativamente independiente de su entorno, enfatizó como principio de la homeostasis que la constancia del ambiente interno es la condición para una vida libre e independiente – lo que no es otra cosa que una manifestación del mecanicismo, imperante en aquél entonces, que ha puesto sus esperanzas en el progreso de las ciencias especiales experimentales. Este tipo de realismo de la época es uno que no oculta su fe en la ciencia, su entrega transparente e ingenua a la idea de que el progreso de las ciencias podrá explicar, en algún momento, todos los fenómenos de la realidad. El realismo de Claude Bernard involucra también el materialismo y el ateísmo en sus versiones de finales del siglo XIX, y representa a aquellos intelectuales a los que Dostoyevski llama nihilistas hacia la década de 1870. El realismo karamazoviano es, en cambio, metafísico y su concepción de la naturaleza no necesariamente involucra un materialismo reduccionista, que sostenga que todo lo real se reduce a lo material (en el sentido que adopta el término para las ciencias especiales del XIX), o un ateísmo, puesto que, como lo dejan a la vista algunos de sus pasajes de misticismo teñido de religión, para algunos de sus personajes la naturaleza ora a Dios.

En Los Hermanos Karamázov, la señora Jojlakova, con su carácter, sus juicios y sus emociones, ilustra la distinción que Dostoyevski tiene a la vista. Ella es una de aquellas personas que ha creído dar un paso adelante al reconocer en las ciencias naturales, en el realismo materialista à la Claude Bernard, una tesis sustantiva acerca de la naturaleza y de la actividad que a nuestra especie le cabe en ella. La Jojlakova le dice a Dmitri Karamázov:

Sí, por la manera de andar. Qué, ¿negará usted, Dmitri Fiódorovich, que por la manera de andar se puede reconocer el carácter? Las ciencias naturales lo confirman. ¡Oh!, ahora soy realista, Dmitri Fiódorovich. A partir de hoy, después de esta historia del monasterio, que tanto me ha trastornado, soy completamente realista y quiero dedicarme a la actividad práctica. Me he curado. ¡Basta!, como dijo Turgenev. (HK, p. 556).

Sin duda que la mención de Turgenev no es casual, puesto que se trata de uno de los literatos rusos más receptivos a la influencia europea, específicamente alemana y francesa, y que tuvo por mejor amigo novelista, a desprecio en ocasiones de Tolstoi y Dostoyevski, a Gustave Flaubert, conocido por sus afanes naturalistas descriptivos, propios de la literatura francesa de la época. Que la apreciación dostoyevskiana acerca de Turgenev no es la mejor, queda a la vista en las siguientes líneas: “En Humo de Turgenev es perceptible un descenso horrible del nivel artístico. No conoce a Rusia. ¿Qué clase de gente? ¿Qué personajes?” (Diario de un escritor, Editorial Páginas de Espuma, 2010, p. 1565). Se trata seguramente del realismo de Bernard una vez más, esta vez incorporado a la literatura. Y del mismo realismo que compartió también Emile Zolá en sus ensayos naturalistas sobre literatura, que enfatizó también la influencia del medio en el individuo y la independencia relativa de los personajes respecto de éste. Seguramente Dostoyevski estaba al tanto: el realismo literario de la descripción, del orden natural mecánicamente explicado en tres líneas de las ciencias especiales, un realismo estrecho al que insiste en oponerle lo que él llama realismo de la vida. A las palabras de la Jojlakova responde Dmitri con un encendido espíritu karamazoviano: “El realismo de la vida, señora, de eso se trata.” (HK, p. 554).

Se requieren todavía algunas precisiones respecto del carácter de este realismo. El siguiente pasaje, un diálogo entre Dmitri Karamázov y Aliosha Karamázov, da cuenta de la actitud del realismo metafísico karamazoviano hacia el realismo materialista de naturalistas como Claude Bernard, puesto que no sólo se desconoce a éste último, sino que además se lo insulta en un momento en que su nombre gozaba de fama y reconocimiento en Francia a pocos meses de recién muerto:

- ¿Quién es Karl Bernard?
– ¿Karl Bernard? – se extrañó de nuevo Aliosha.
– No, no es Karl, me he confundido: Claude Bernard. ¿Quién es? ¿Un químico?
– Debe ser un sabio – contestó Aliosha –, aunque, lo confieso, no puedo decirte gran cosa de él. He oído que es un sabio, pero no sé nada más.
– Que se vaya al diablo, tampoco yo lo sé – refunfuñó Mitia –. Lo más probable es que sea un miserable, todos son miserables […] (HK, p. 837).

El rechazo del realismo de las ciencias naturales es evidente, si se lo considera representado por Bernard, porque sus doctrinas ilustran la actitud estrecha y simplista hacia la naturaleza. Un insulto más:

¡Para qué sirve el abogado! Se lo he dicho todo. Es un granuja fino de la capital. ¡Un Bernard! (Dmitri, HK, p. 844).

El realismo de las ciencias naturales tiene también otros límites. A continuación una línea argumentativa diferente que sigue Dostoyevski para rechazarlo y que es puesta, no sin intención, en boca del Padre Paísi. Apunta a la pobreza de la concepción de mundo ofrecida por las ciencias naturales y por quienes adhieren a ellas, aceptándolas como la única historia verdadera de la realidad, pobreza que, en particular, queda a la vista nada menos que en el hecho, que agudamente constata Dostoyevski, de que se han olvidado de hacerse cargo de la especie humana y de la idea que se debe tener acerca de ella, de su posición y de su rol dentro del orden de la naturaleza. Una de las dificultades que ofrece el pasaje es que se trata de un argumento comparativo en el que Paísi somete a juicio la concepción de mundo de las ciencias naturales del XIX confrontándola con la concepción de mundo ofrecida por el Cristianismo. Dividiré el extenso pasaje en dos. En la primera parte Paísi le dice a Aliosha:

Recuerda siempre, joven – empezó el Padre Paísi, sin preámbulo alguno –, que la ciencia mundana, unida en una gran fuerza, ha roto, sobre todo en el último siglo, todo cuanto desde el cielo se nos mandaba en los libros sagrados, y después de un cruel análisis, en los sabios de este mundo no ha quedado nada del anterior. Pero examinaron las partes, sin advertir el conjunto, siendo digna de admiración su ceguera. Y eso mientras el conjunto permanece ante ellos tan inconmovible como antes y las puertas del infierno no prevalecen contra él. ¿No ha vivido diecinueve siglos? ¿No sigue viviendo en los movimientos de las almas individuales y de las masas del pueblo? Hasta en los movimientos de las almas de ellos, de los ateos que todo lo han destruido, vive como antes, ¡vive inquebrantablemente! (HK, p. 254)

Las ciencias naturales y su concepción de mundo parecen resultar incompatibles con la concepción de mundo del Cristianismo defendida por Paísi. Y que se haya entendido que era así, seguramente no resultaba novedoso en el momento en que el mismo Dostoyevski escribía estas líneas, a pesar de que hoy en día la comparación entre ambas partes requiere un análisis especial, que no viene al caso hacer aquí y que tal vez incluso sea secundaria para el realismo metafísico. (Acerca de esto espero decir algo más, aunque breve, en la conclusión.) Para su época, Dostoyevski avanza, sin embargo, en lo siguiente: se trata específicamente de que las ciencias naturales no han logrado ofrecer una concepción de la realidad que sea abarcante y explicativa, no han logrado cubrir todos los ámbitos de la realidad que caían bajo la cosmovisión del antiguo Cristianismo. En fin, una crítica más al mero realismo de las ciencias naturales, esta vez destacando la pobreza de la cosmovisión del cientificismo del XIX. Continúa Paisi:

Porque los que han abjurado del Cristianismo y se rebelan contra él, en su esencia son imagen del mismo Cristo, así siguen siendo, pues hasta ahora ni su sabiduría ni el fuego de sus corazones han sido capaces de crear otra imagen del hombre y de su dignidad superior a la que en tiempos antiguos indicó Cristo. (HK, p. 254).

Pero dejemos esto hasta aquí. Una tercera línea de argumentación filosóficamente más interesante en relación con el rechazo claro y tajante del realismo bernardino se encuentra justamente allí donde Dostoyevski se atreve a hablar de la posibilidad de un realismo no materialista. Tan descabellada tuvo que haber sonado entonces la idea de un realismo no materialista (es decir, un realismo que no involucra las consecuencias del de Bernard), que es puesta en boca del huésped, una simple, pero poderosa alucinación sicótica de Iván Karamázov, que además no escatima en ironías:

El otro mundo y las pruebas materiales, ¡qué tropa! Y finalmente, si la existencia del diablo está demostrada, no se sabe si se ha probado la existencia de Dios. Yo quiero incorporarme a los idealistas, les haré la oposición, les diré: soy realista, pero no materialista, ¡je, je! (HK, p. 905).

Es difícil precisar los nombres en los que está pensando Dostoyevski cuando habla de los idealistas. Se sabe que durante el tercer cuarto del siglo XIX las principales Universidades rusas fueron receptivas a la influencia del romanticismo y del idealismo provenientes de Alemania. Isaiah Berlin menciona como románticos e idealistas rusos de aquél entonces a Nikolai Stankevich y a Nicholay Granovski (Pensadores Rusos, FCE, 1979, pp. 275 y 283, respectivamente), sosteniendo además que “es verdad que la metafísica alemana alteró radicalmente la dirección de las ideas en Rusia” (Ibíd., p. 266), haciendo caer bajo el rótulo de metafísica alemana el trabajo de Herder, Fichte, Hegel, Schelling y Friederich Shlegel. De paso, aunque no menos relevante si de evaluación de actitudes se trata esto, señala que el hombre que “enseñó a los jóvenes a elevarse por encima de los hechos empíricos, hacia un ámbito de luz pura, donde todo era armonía y eternamente cierto” (Ibíd., p. 275) fue Stankevich, de quien el propio Turgenev, de espíritu franco-germanizado, “pintó un retrato de él en su novela Rúdin bajo el nombre de Pokorski” (Ibíd., p. 276). De a poco se arma la historia. Y algo, al parecer, sabemos de los idealistas contra los cuales despotrica Dostoyevski o, al menos, del ánimo que los movía. Ahora bien, un realismo no materialista quiere decir, en su lenguaje, un realismo que no se contenta con las solas ciencias naturales que apelan a una explicación meramente mecanicista y reduccionista de la realidad, sin siquiera alcanzar a ofrecer una concepción de mundo cabal. Ni idealismo celestial ni realismo materialista. Una importante observación conceptual: hoy en día el realismo metafísico es materialista, pero materialista en un sentido metafísico no desarrollado todavía hacia finales del XIX. Materialista en un sentido desconocido para Dostoyevski. En otras palabras, el realismo metafísico materialista contemporáneo es una cuestión filosófica – y, por ende, eminentemente metafísica –, mientras que el realismo materialista que está siendo rechazado es el realismo de las ciencias naturales propio de su época. El realismo de Dostoyevski quiere ser metafísico, cuestión de la que nos dejan constancia sus ideas acerca de la naturaleza y de sus leyes; su afirmación de que lo que sea la naturaleza es independiente de nuestros prejuicios y no puede ser distorsionada por ellos; su afirmación de que el mero cientificismo no basta, entre otras. Coincidencia, entonces, de intenciones y actitudes entre el realismo metafísico karamazoviano y el realismo metafísico contemporáneo.

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