Dostoyevski: realismo metafísico, misticismo y espíritu karamazovianos (5).

5. Espíritu karamazoviano.

El realismo metafísico y el misticismo forman parte del espíritu karamazoviano. Pero también del espíritu del mismo Dostoyevski. Aquí nos encontramos con una encrucijada, con un acertijo, con una dificultad que acaba por ser seductora a la vez que iluminadora, y que consiste en saber si el espíritu de los Karamázov representa al espíritu de Dostoyevski. Y las razones para el y para el no parecen no ser del mismo peso. Por supuesto, en cuanto al no, tratándose de una novela, podría pensarse que se trata de mera ficción, de imaginería artificiosa de una mente enardecida por sus pasiones e histerismos, que no intenta otra cosa que la creación estética, el placer en lo bello o el displacer en lo horrible, la contemplación de las voluntades deformes o finamente ilustradas. Pero en nuestro caso en particular, no es difícil percibir que la impresión estética que ocasiona la lectura de la novela va acompañada irremisiblemente de la impresión de la verdad, de aquella verdad a la que Dostoyevski ha podido acceder a través del carácter de sus personajes, de sus aspectos sublimes y repudiables, de sus humillaciones acompañadas de una altanería ciega debida a la sensualidad de un ánimo que no tiene cuidados especiales para consigo mismo desde el momento en que se ha atrevido a mostrarse tal cual es – humillado, altanero, sensual – y a aceptar una realidad tal cual se presenta, sin retribuirle más sentimientos que los estrictamente necesarios. La estética dostoyevskiana que nos conduce a la impresión de la verdad, es la estética del espíritu karanmazoviano. Se trata de una novela, pero, como se ha señalado más arriba, de una en la que se quieren decir las cosas en serio sin que nadie se dé cuenta. Hay, creo, buenas razones para el , para sostener que el espíritu karamazoviano representa al espíritu de Dostoyevski, y en ellas me detendré brevemente a continuación: primero, aquellas que dicen relación con la génesis de la obra; segundo, aquellas que dicen relación con el carácter de Dostoyevski; y, tercero, aquellas que, finalmente, dicen relación con el espíritu de los Karamázov mismos, padre e hijos, además de otros personajes centrales.

En cuanto a la primera razón, son varios los puntos en los cuales puede vincularse la génesis de la obra con las circunstancias particulares en las cuales vivió el autor hacia 1878. Son diversas las fuentes que se pueden ocupar al respecto y, en general, bien conocidas, por lo que solo me limitaré a mencionar algunos aspectos como trazos que en su conjunto debieran sacar a la luz la razón que se quiere aducir. Primero, la trama de la historia karamazoviana trata de la muerte de Piotr Alexándrovich, padre de los hermanos Karamázov, en manos de su hijo no reconocido: Smérdiakov. No se trata – quisiera que no se trate – de que Dostoyevski haya padecido del influjo de Edipo, queriendo recrear la muerte de su padre en manos de su hijo – como, por lo demás quiso verlo Freud (Cfr. I Fratelli Karamazov, Editorial Einaudi, 2005, con un ensayo del psicoanalista titulado Dostoevskij e il Parricidio, pp. 1017-1033, en el que habla de proyecciones del Súper Yo de Dostoyevski en su padre, debidas al carácter rudo del último, y otras cosas por el estilo); pero sí se trata, en cambio – y en realidad –, de la muerte de su padre en su hacienda en manos de sus hacendados. Smérdiakov, no reconocido como hijo, pero hijo al fin y al cabo, es un hacendado de Piotr Alexándrovich. Y el padre de Dostoyevski es asesinado en 1838 por uno o varios de sus hacendados en el camino entre Daravoie y Chermachnia. Segundo, en su presidio en Omsk, Dostoyevski conoció a tres hermanos culpados de haber cometido un crimen, justamente un parricidio, movidos principalmente por la mano del primogénito, que en los hermanos Karamázov corresponde a Dmitri, quien será hacia el final de la novela erróneamente juzgado culpable por el Tribunal; y de los tres hermanos conocidos por Dostoyevski, los dos mayores profesaban un sentimiento paternal hacia el menor, llamado Alei, situación que corresponde casi literalmente a la relación que Dmitri e Iván tienen con el menor de los Karamázov, Aliosha. Y Alei, al igual que Aliosha, se caracteriza por su dulzura, su bondad, su amor universal a cada uno de los hombres. Tercero, gran parte de la novela transcurre, en un comienzo, en un monasterio, en donde la figura de Zósima adquiere relevancia en la relación y en los diálogos entre los Karamázov; hacia 1878, cuando el autor comienza a escribir la novela, realiza una peregrinación hacia el monasterio de Óptina Pustin, en compañía del filósofo veinteañero Sóloviev, permaneciendo allá dos días, junto al Padre Ambrosio. Dostoyevski, Sóloviev y Ambrosio seguramente tuvieron la oportunidad de discutir acerca de los mismos temas que luego, en la novela, discuten los personajes respecto de la culpa que se transforma en pecado, de la moral, de los valores, de la inmortalidad, etc. Y Ambrosio se eterniza en Zósima. Y quien sabe si a Dostoyevski le cabe el rol de Dmitri. E Iván es posible gracias a la influencia del joven filósofo Sóloviev. Cuarto y último: Chermachnia, el bosque de la aldea de Daravoye que antes fuera del padre de Dostoyevski, y a la que ahora éste vuelve por algo de tranquilidad, aparece tal cual en la topografía de la novela.

En cuanto a la segunda razón para sostener que el espíritu karamazoviano representa al espíritu de Dostoyevski, diré algo acerca del carácter de nuestro autor, principalmente recogiendo algunos comentarios sobre su personalidad. Primero, Turgenev dice de Dostoyevski:

Mijailovskii ha observado muy bien el carácter esencial de su obra. Hubiera podido recordar que en la literatura francesa hay una figura que se le parece mucho: el celebérrimo Marqués de Sade […] Y cuando se piensa que los Obispos rusos han dicho misas por nuestro Marqués de Sade y hasta han pronunciado homilías por el amor universal de ese amigo del género humano, no puede uno menos de preguntarse: pero, ¿a dónde vamos a parar? (Citado por Cansinos Assens, en Fiodor M. Dostoyevski: Obras Completas, vol. 1, Editorial Aguilar, 1949, p. 77).

Y Strájov, el biógrafo oficial en aquél entonces de Dostoyevski, en carta a Tolstoi dice:

No puedo considerar a Dostoyevski como un hombre bueno ni feliz (ambas cosas van realmente juntas). Era maligno, envidioso y disoluto, y se pasó toda su vida en estados de excitación nerviosa que movían a piedad, y habrían movido a risa de no haber sido él tan malicioso y tan ladino […] Tenía propensión a las porquerías y se ufanaba de ellas. Viskovátob me contó que se vanagloriaba de haber fornicado en los baños con una menor que le había proporcionado su institutriz […] Y note usted que, con toda su bestial sensualidad, no tenía el menor gusto ni sentido de la belleza femenina, de su encanto; esto puede verse en sus novelas” (citado por Cansinos Assens en Fiodor M. Dostoyevski: Obras Completas, vol. 1, Editorial Aguilar, 1949. pp. 77-8).

Cansinos Assens, en cambio, con una delicadeza y una precisión que llama seriamente la atención por su acierto, por su honestidad, por su capacidad de comprensión, por la amplitud y por su visión clara de las razones y sinrazones del ánimo de Dostoyevski, sostiene:

Pero bastan las cosas comprobadas en la biografía de Dostoyevski para que este no nos parezca un candidato a la canonización y podamos amarlo como a un simple mortal. Dostoyevski ha tenido flaquezas, inmoralidades, momentos grotescos y cínicos. Ha escrito cartas indignas pidiendo dinero con adulaciones bochornosas. Ha cantado la bondad del Emperador que lo mandó a presidio. Ha sido voluble en sus amistades. Ha aceptado dinero hasta de sus queridas, y lo ha implorado hasta de sus enemigos. Ha bebido y ha jugado. Pero todo eso ha servido para acrecentar su capacidad de comprensión y de simpatía para con los demás, para con el prójimo, que tampoco es un santo. Todo eso ha sido necesario para que en su obra pudiera expresar esa comprensión y esa simpatía y darle a su prójimo miserable esa absolución estética y ese puesto de honor en el paraíso del arte que les dio. Todo eso muestra su ingenuidad y lo acerca a nosotros, porque ha bajado a los infiernos de la vida sin el imponente aparato de un dios (Cansinos Assens, Introducción a Fiodor M. Dostoyevski: Obras Completas, vol. 1, Editorial Aguilar, 1949, p. 79).

Con eso tenemos suficiente para caracterizar la personalidad de Dostoyevski y encontrar en ella los vicios y las virtudes de los personajes karamazovianos, y esta vez en una enumeración que, si fuera recopilada, ocuparía varias páginas: un Sade, un amigo del género humano; ni bueno, ni feliz; maligno, envidioso y disoluto; fornicador y de una sensualidad bestial; un simple mortal; voluble, bebedor y jugador; ingenuo. Pero sobre todo capaz de esa comprensión y de esa simpatía que pocas veces se logra respecto de la miseria humana. Y todo esto lo encontramos en las distintas facetas de sus personajes karamazovianos.

Finalmente la tercera razón, que tiene que ver con el carácter de los Karamázov mismos. Dimitri es creyente, pero histérico, violento, apasionado, irracional y voluble; Iván es escéptico, egoísta, negativo, frívolo, irónico y desafiante, en una expresión, la razón siguiendo a ciegas sus pasos; Aliosha es la ilusión, la piedad, la comprensión, el sentimiento de amor y la pasión encarnada que sufre silenciosamente el dolor de su familia y de la humanidad a un mismo tiempo. Smérdiakov, el hijo no reconocido, es el cretino, el mentiroso, el traicionero, el asesino sin sentimientos de culpa, sin valores, amoral, es decir, un bastardo. Tal vez Dostoyevski sea todo eso en distintos momentos.

Una conjetura: profundidad, humillación y sensualidad, además de un amor instintivo hacia la naturaleza y hacia la vida, son las características cruciales del espíritu karamazoviano. Como no lo puedo rescatar todo, un pasaje para cada uno de estos puntos parece ser suficiente.

Acerca de la profundidad, lo que en Dostoyevski llamamos comprensión y simpatía respecto de la miseria humana, aunque también de su dignidad, de lo despreciable y de lo admirable, el siguiente pasaje, que describe explícitamente la naturaleza karamazoviana, sentencia:

De ordinario, en la vida ocurre de tal modo que ante dos extremos hay que buscar la verdad en el medio; en el caso que nos ocupa esto no es así. Lo más probablemente es que en el primer caso fuera sinceramente noble, y en el segundo caso fuera no menos sinceramente ruin. ¿Por qué? Porque somos unas naturalezas amplias, karamazovianas – y a eso voy a parar –, capaces de compaginar todo género de contradicciones y, al mismo tiempo, contemplar los dos abismos, el abismo que se abre sobre nosotros, el abismo de los ideales supremos, y el abismo de la caída más baja y hedionda… Dos abismos, dos abismos, señores, en un mismo momento: sin ellos nosotros somos desgraciados y no nos sentimos satisfechos, nuestra existencia está incompleta. ¡Somos amplios, muy amplios, como toda nuestra madre Rusia, a todo damos cabida y a todo nos acomodamos! (Ippolit Kirillovich, HK, pp. 996-7).

Respecto de la humillación, de ese sentimiento propio de quienes se han mirado a sí mismos sin caretas y se han atrevido a ver la realidad como tal, sin disfraces, sin falsos comienzos ni finalidades, sin historias que intentan en vano aplacar la realidad, las siguientes líneas, cuyo tono es el de la confesión y el de la aceptación, son suficientes. Los hijos heredan del padre el carácter oprimido, humillado, ofendido, al fin, y Aliosha lo reconoce sin evasivas al conversar con Kolia:

– Diga otra cosa, Karamázov: ¿cómo es su padre? Yo lo conozco, pero dígame lo que usted piensa de él: ¿un bufón, un payaso?
– De ninguna manera, hay personas profundamente sensibles, pero oprimidas por el ambiente. Las bufonadas son en ellas como una rencorosa ironía contra quienes no se atreven a decir la verdad a la cara por la larga y humillante timidez a la que se han visto sometidas. (Diálogo entre Kolia y Aliosha, HK, p. 765).

Finalmente, unas líneas acerca de la sensualidad karamazoviana, acusada por Rakitin:

¿Y por qué estás temblando? ¿Sabes una cosa? Admitamos que Mítenka [Dmitri] es honrado (es estúpido, pero honrado); sin embargo, es sensual. Y esto define toda su esencia interna. El padre le ha transmitido su infame sensualidad. Porque eres tú, Aliosha, el único que me admiras: ¿cómo eres tan puro? ¡Porque también eres un Karamázov! En vuestra familia la sensualidad ha sido llevada al grado más extremo. Pues bien, esos tres libidinosos se están vigilando mutuamente… [Piotr Alexándrovich, el padre, y Dimitri e Iván sus hijos] Con el cuchillo escondido. Han chocado los tres entre sí y acaso tú seas el cuarto (HK, pp. 120-1).

Un extenso pasaje respecto de la cuarta característica, el amor instintivo hacia la naturaleza y la vida, muestra además a la vez la experiencia karamazoviana del misticismo. En palabras de un Iván de 23 años:

Estaba aquí y me decía: aunque no creyese en la vida, aunque perdiese la fe en la mujer amada y en el orden de las cosas, aunque llegase al convencimiento de que, al contrario, todo puede ser un caos desordenado, maldito y, acaso, diabólico, aunque cayesen sobre mí todos los errores de la desilusión humana, a pesar de todo querría vivir y llevaría a mis labios esta copa para no separarlos de ella, ¡hasta apurarla! Por lo demás, seguramente a los treinta años arrojaré la copa, aunque no la haya apurado, y me iré… no sé a dónde. Pero hasta los treinta, estoy seguro, mi juventud lo vencerá todo, cualquier desilusión, cualquier repulsión hacia la vida. Me he preguntado muchas veces si en el mundo hay una desilusión capaz de vencer en mí esta sed frenética y hasta indecorosa de vivir, y he llegado a la conclusión de que no la hay, hasta los treinta años, se entiende, y luego como yo quiera. Eso es lo que a mí me parece. Algunos tísicos y moralistas del tres al cuarto califican esta sed de vivir de vil, sobre todo los poetas. Cierto es que se trata, en parte, de un rasgo karamazoviano, también en ti lo hay, mas, ¿por qué es vil? En nuestro planeta la fuerza centrípeta es aún terriblemente fuerte, Aliosha. Uno siente deseos de vivir, y yo vivo aunque sea contra la lógica. Puedo no creer en el orden de las cosas, pero me son queridas las pegajosas hojas que se abren en primavera, me es querido el cielo azul, me es querida alguna persona, a la que a veces, puedes creerlo, uno no sabe por qué la quiere, me es querida alguna empresa humana en la que acaso hace ya mucho he dejado de creer y que, sin embargo, fiel a la vieja memoria, sigo honrando en mi corazón. Pero aquí tienes la sopa de pescado, que te aproveche. Aquí la hacen muy bien. Quiero recorrer Europa, saldré de aquí directamente; sé que no voy a ir más que a un cementerio, pero es el cementerio más querido. Allí hay difuntos queridos, cada lápida nos habla de una vida ardiente que se fue, de la fe apasionada en su empresa, en su verdad, en su lucha y su ciencia; de antemano lo sé: yo caeré en tierra, besaré esas piedras y lloraré sobre ellas, aunque, al mismo tiempo, esté íntimamente convencido de que todo eso no es más que un cementerio y ninguna otra cosa. Mi llanto no será de desesperación, sino, simplemente, de la felicidad que mis lágrimas me causen. Me embriagaré en mi propio enternecimiento. ¡Lo que amo son las hojillas pegajosas de la primavera, el cielo azul! Eso no tiene nada que ver con la inteligencia, con la lógica, uno ama con sus entrañas, con lo más íntimo, uno ama sus energías juveniles… ¿Comprendes este galimatías, Aliosha? – rió Iván de pronto. (HK, pp. 338-9).

Dejo esto hasta aquí. Las tres razones – la de la génesis de la obra en su contexto espacio-temporal, la de la personalidad de Dostoyevski y la de la caracterización del espíritu de los Karamázov – nos permiten sostener que el espíritu karamazoviano representa al espíritu de Dostoyevski. Solo así puede entenderse que en su última obra la experiencia estética que se logra al leerla una y otra vez nos conduzca, directamente y a propósito, hemos de conjeturar, a ciertas afirmaciones sobre la realidad, la naturaleza, las leyes de la naturaleza, la especie humana, el valor de la vida, la moral, la religión y la ciencia, que no son en ningún caso afirmaciones casuales, meramente antojadizas, fingidas, sino vividas, creídas y sostenidas con la experiencia misma del autor que las expresa y de los personajes que, desde sí, crea. El espíritu karamazoviano es, pues, el punto de partida y de convergencia del realismo metafísico karamazoviano y del misticismo karamazoviano.

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