Los caprichos de Dostoievski*

por: juan ignacio rodríguez

“Yo había imaginado que Dostoievski era una suerte de gran Dios insondable, capaz de comprender y justificar a todos los seres. Me asombró que hubiera descendido alguna vez a la mera política, que discrimina y que condena”. A Borges ―autor de las palabras recién citadas (Obras completas, Emece, vol. 4, p. 573)― no le hubiese gustado el Diario de un escritor (Páginas de Espuma, 2010): hay en él mucho de mera política. O  tal vez sí, porque como buen Dios, el escritor ruso tiene allí ojos para todo: lo mero, lo grande y lo mediano. Son 1.616 páginas que a juicio de su editor, Paul Viejo, muestran, “por fin, todas las facetas y caras de Dostoievski, desde el polemista, serio y grave que conocíamos, hasta un autor mucho más burlesco, satírico y sarcástico que permanecía algo más oculto”. ¿Representan más a Dostoievski que su literatura? Responde el editor: “No más, pero sí quizá de manera más completa y, ante todo, representan al ciudadano, al lector, al padre de familia, al partidario político, al hombre de fe, etcétera”.

Un libro que no existe…

Según narra Viejo en la nota previa al libro, en diciembre de 1873 Dostoievski fue contratado como director de la revista “El Ciudadano” y decidió reservarse una sección propia a la que bautizó como “Diario de un escritor”: “Pero hablaré para mí mismo y por puro gusto… y después que salga lo que salga”, se lee en una de las entradas del libro (Diario…, p. 327). El diario se interrumpió un año después, tras la salida de Dostoievski de la revista y volvió recién en 1876, cuando a cuenta propia el autor de el novelista inició una publicación mensual bajo el mismo título. En diciembre de 1877, la colección volvió a cortarse hasta que, tras la redacción de Los hermanos Karamázov, reapareció en 1880 con un número único dedicado a Pushkin, tras lo cual, en enero de 1881, se publicó la última edición, ya que Dostoievski murió el día 28 de ese mismo mes.

En rigor, eso es el Diario. Por de pronto no un libro, pero además no el mamotreto que conocemos hoy. Lo que ocurre, es que tras la muerte de Dostoievski, las primeras ediciones de sus obras completas sumaron al Diario propiamente dicho, artículos aparecidos en otras publicaciones e incluso textos inéditos, en el entendido de que respondían al mismo espíritu (¿capricho?). Eso, con los agregados y sustracciones del editor del caso (partiendo por su mujer), es lo que hoy conocemos como Diario de un escritor.

[Nota a posteriori: De ahí que también pueda decirse que el libro es el capricho de Dostoievski y otros más. Una suma de caprichos en todos los niveles.  Un nivel, tal vez el fundamental, sería el de Dostoievski. Otro el de los editores, cada uno de los cuales, en realidad, podría ser un nivel distinto, en tanto unos trabajan sobre lo hecho por los otros (agregando y quitando textos, ordenándolos de uno u otro modo, poniendo títulos y todo lo que puede hacer un editor en pos de un texto). Tal vez se podrían descubrir otros niveles, por ejemplo las motivaciones del autor, por qué no su vida, las contingencias que pusieron a Dostoievski en el mundo y, ya en el mundo, lo hicieron escritor y luego lo llevaron a la idea de escribir un diario y etcétera, etcétera, etcétera; pero el punto es que la realidad que hoy conocemos como Diario de un escritor es un entramado de caprichos, de decisiones o elecciones, muchas de las cuales no son responsabilidad de Dostoievski, que cristalizaron en  o como ese volumen].

Y un escritor insondable

Se suceden en el diario ―en un período que abarca desde 1845 a 1881― relatos de Dostoievski como El Bocazas o La mansa; o juicios sobre Anna Karénina, de Tolstoi:

“Este libro directamente se elevó ante mis ojos con una dimensión, que podría responder por nosotros ante Europa, ese buscado hecho, que deberíamos mostrar a Europa… Anna Karénina es una obra de arte perfecta, que ha aparecido justo en el momento adecuado, con algo que en nada parece que pueda compararse en las literaturas europeas en la presente época…” (Diario…, p. 1249).

Dostoievski también fija su atención en la “gente culta” de Rusia y su “manía por las bellezas del gran mundo, con sus ostras y sandías a cien rublos en los bailes” (p. 676). En la burguesía europea, que “al ocupar el lugar de sus antiguos señores y apoderarse de lo suyo,… se separó completamente del pueblo, del proletario y sin reconocerle como hermano lo convirtió en una fuerza de trabajo, por su bienestar, por un pedazo de pan” (p. 1064). En los delincuentes:

“Lo diré directamente: sólo mediante el castigo severo, la cárcel y el trabajo forzoso, podrían salvarse la mitad de los delincuentes. El castigo no agobia, según se dice, sino que por el contrario alivia. La purificación por el dolor es más sincera, más liviana que el destino que se les prepara absolviéndolos en los juzgados” (p. 341).

Hasta en el reclamo de un suscriptor que insinúa un engaño: “Usted, excelentísimo señor, de todas las suposiciones a por qué pudo no llegarle el número, se decantó precisamente por un engaño por parte de la redacción… A consecuencia de lo cual la redacción se ha apresurado a devolverle sus dos rublos con cincuenta kopeks y pedirle que no le moleste más” (p. 1070). O en el suicidio de una joven: “¿Qué la había torturado tanto con sus diecisiete años? Esta es la espantosa cuestión del siglo” (p. 981).

Se entiende entonces que Paul Viejo diga que en el diario “están todos los conflictos y problemas habituales del pueblo ruso, como su propia idiosincrasia o la integración con Europa”, y también los de Dostoievski: “No quiso escribir un diario íntimo”, explica el editor, “pero me temo que en ocasiones (y para el lector, por suerte) no supo controlarlo y nos lo dejó escrito”.

¿Qué es entonces Diario de un escritor? Tal vez los caprichos de un demiurgo, de ese “gran Dios insondable” del que habla Borges. Y es que claro, así como el hombre creó a Dios, y Dios al universo, y a ti y a mí en él; así Dostoievski escribió su diario… Sí, al argentino le hubiese gustado el libro: “Leer un libro de Dostoievski ―escribe― es penetrar en una gran ciudad, que ignoramos, o en la sombra de una batalla” (Obras completas, p. 573).

___________

*Como parte de mis labores mundanas ―que existan labores que no sean mundanas es algo que no voy a discutir acá―; como parte de mis labores… mundanas, decía, me tocó durante las últimas semanas de 2010 preparar un artículo para El Mercurio sobre Diario de un escritor, de Fiódor Dostoievski ―el artículo apareció el 2 de enero en la página 4 de Artes y Letras. Ahora, con ocasión de un nuevo número de este ensayo de revista llamado Tábano ―y a instancias del más entusiasta de los colaboradores de este medio― republico dicho artículo. Razones editoriales propias del formato periodístico me obligaron a modificar el título en aquella primera publicación: en el original era ―como en este― “Los caprichos de Dostoievski”, pero terminó siendo “Un genio y sus caprichos”. Resulta que ese mismo domingo iba otro artículo sobre el escritor ruso que, por supuesto, también llevaba el apellido del mismo en su título; más todavía, el autor de Crimen y castigo fue en esa edición el tema de la portada. Luego, teníamos por tres el apellido Dostoievski en grandes letras: DOSTOIEVSKI, DOSTOIEVSKI, DOSTOIEVSKI. Era mucho. Por lo que se optó por sacarlo del título de mi nota y me decidí por el referido “Un genio y sus caprichos”. Fue algo de última hora y no me dejó del todo convencido ―también pensé en poner “Los caprichos de un escritor”, pero eso me generaba una redundancia con el título del libro (Diario de un escritor) que, por razones informativas, debía ir en el encabezado del artículo―; no me dejó del todo contento, decía, pues “genio” es de esas palabras que de tanto usarse ha logrado, creo, perder potencia, especialmente en contextos periodísticos donde abundan los genios, gurús, maestros, etcétera. Y es que claro, obligados a publicar día a día cientos o tal vez miles de titulares, llega un punto en que las palabras se agotan; pero bueno, ese es otro tema. Convencido o no del nuevo título, su virtud es que me sirvió para mantener lo de “caprichos”, que es la tesis que quería plasmar ―no muy explícitamente, tal vez― en la crónica mercurial: Diario de un escritor es un libro de caprichos.  Así, este  texto viene a ser ―y lo era ya en su origen mercurial― una colección de hechos que hablan a favor de la tesis, de la realidad de la tesis de los caprichos en Dostoievski. Y para no desnaturalizarlo, para no convertirlo en algo que tendría que ser ya otro texto y no este, en esta nueva publicación me limito a extraer formalidades periodísticas y a hacer una que otra modificación estilística y algún agregado. No incluyo una serie de juicios que hace Dostoievky sobre distintos autores, pero se pueden revisar en el link a El Mercurio.

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