usted no lo compre

Es verdad que tú eres blanco porque yo lo digo

por: hernán guerrero troncoso

Los grandes oradores son capaces de convencer a su público de hacer cosas que normalmente no harían. Su poder de convicción puede provenir, entre otras cosas, de la maestría con la que articulan su discurso, de su capacidad de conectarse intelectual o emocionalmente con su auditorio a un nivel tal que sus propuestas son aceptadas aún cuando sean impopulares o definitivamente perjudiciales, o incluso de su astucia para hacer concordar posiciones contrarias a fin de lograr sus objetivos. Ahora bien, dichos objetivos pueden ser absolutamente cualquier cosa, y no necesariamente constituyen algo que vaya en beneficio de todos o de la mayoría. De hecho, pueden ser nada más que un simple capricho del orador, quien consigue lo que quiere sólo mediante palabras. El truco consiste en hacer creer al auditorio que lo que le están planteando, (más…)

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Crimen y castigo según Hermógenes

por: hernán guerrero troncoso

Si hay algo peligroso en la ironía, es la posibilidad de decir algo y presentarlo como verdadero, sin tener que fundamentar esa verdad que se da sin más por supuesta. Ya que se trata de algo que está dicho de manera oblicua, un poco torcida para hacernos reír, hay que poner mucha atención para ver dónde está la fisura a través de la cual nos quieren convencer de algo sin demostrarlo. Nuestro viejo y querido Hermógenes Pérez de Arce bien lo sabe, y hay que reconocer que su sentido de la ironía hace muy difícil rebatir las cosas que dice. Esto no es en lo más mínimo una alabanza; al contrario, considero una deslealtad para con el lector una argumentación que se base principalmente en ironías, ya que con ello oculta tanto los fundamentos de las afirmaciones que hace (o la falta de ellos), como la relación argumental entre las diversas afirmaciones. Y esto lo digo tomando en cuenta que soy alguien que usa la ironía y el sarcasmo continuamente. (más…)


Gonzalo Rojas y lo público

por: hernán guerrero troncoso

Algo que llenó de asombro a los griegos, en los albores de la filosofía, fue el hecho de que el pensamiento es discursivo, es decir, que pasa de los elementos más simples (nombres y verbos) a proposiciones capaces de ser verdaderas o falsas (enunciados que afirman o niegan que algo es algo), y que finalmente liga diversas proposiciones para demostrar su verdad o falsedad. Con el descubrimiento del silogismo, que es en último término la exposición de los distintos modos en que pueden ligarse las proposiciones a fin de demostrar su verdad o falsedad, vino también el examen de las argumentaciones viciadas, esto es, de aquellas argumentaciones que pretenden demostrar algo que no está contenido en sus premisas, o que, por un problema en la forma de la argumentación, no pueden dar una conclusión válida. Un buen ejemplo nos lo da Woody Allen, cuando dice que (más…)